Una atleta bielorrusa denuncia que su comité intenta obligarla a dejar Tokio

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En el Estadio Olímpico del Tokio de agosto, de calor y humedad altísimos que revuelve y agita la lluvia, se disputan temprano, a las 10.30, con el sol quemando, las primeras series de los 200m femeninos. Los periodistas deportivos, atentos, todos, a Elaine Thompson, la campeona de los 100m que busca repetir la doble victoria de los Juegos de Río en los 100m y los 200m y establecerse como única en la historia olímpica, no se percatan siquiera de la ausencia de la velocista bielorrusa Krystsina Tsimanouskaya, de 24 años, que participó en la prueba de 100m el viernes y quedó eliminada en la primera serie, ganada justamente por la nigeriana Blessing Okagbare pocas horas antes de ser expulsada de los Juegos por dopaje. Pero la baja de la bielorrusa que nadie nota no se debe a un caso de dopaje ni a una lesión, sino a un caso de violación flagrante de la consideración de la Villa Olímpica como santuario de los atletas en el que ni la política ni la religión tienen derecho a intervenir.

Es la agencia Reuters la que lanza la alerta. Tsimanouskaya ya no está en la Villa Olímpica, sino que permaneció primero en el aeropuerto de Haneda, en Tokio, a donde, denuncia ella a través de su Telegram y su Instagram, ha sido trasladada a la fuerza por los dirigentes del Comité Olímpico Bielorruso (COB), por haber criticado públicamente a los responsables del equipo de atletismo. Según el relato de la atleta a la agencia británica, los dirigentes del comité olímpico, cuyo presidente es Viktor Lukashenko, hijo del presidente dictador de la república, la obligaron a abandonar su habitación en la Villa Olímpica a las cinco de la mañana del pasado domingo, e intentaron obligarla a tomar un avión de vuelta a su país. Pero ella se negó a volar y alertó a la policía japonesa, que la protegió. “No regresaré a Bielorrusia”, dijo ella vía Telegram, y al mismo tiempo pidió asilo político en el país que quisiera acogerla.

Apenas 24 horas después, y tras una agitación tremenda y movilización del Comité Olímpico Internacional (COI), de partidos de la oposición en Japón y de la fundación bielorrusa de solidaridad deportiva, la atleta salió del aeropuerto, acompañada por algunos funcionarios del comité organizador de los Juegos y del Comité Olímpico Internacional (COI), y se dirigió a la embajada de Polonia en Tokio, que la acogió. “Hemos pedido ayuda a numerosos países”, dice un portavoz de la fundación. “Y el primero que ha respondido ha sido el consulado polaco”.

Casi simultáneamente, las autoridades ucranias informaron de que el marido de la deportista había entrado en el país. Según France Presse, Arseni Zhdanevich, que así se llama el hombre, anunció a las autoridades de Ucrania su intención de reunirse con su esposa en Polonia.

En un comunicado, el COB señaló que los técnicos habían decidido retirar a Tsimanouskaya de los Juegos por consejo de los médicos del equipo, que habían apreciado que no se encontraba en buen estado “emocional y psicológico”.

El incidente, que ocurre cuando aún el presidente Lukashenko, en el poder desde 1994, se enfrenta a una gran contestación social en el país, con huelgas y manifestaciones, recuerda la terrible peripecia del periodista crítico Roman Protasevich y su novia, quienes salían de Minsk en un vuelo de Ryanair al que las autoridades forzaron a regresar para detener al periodista.

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