Amal y Ariana son los nombres supuestos de dos afganas, madre e hija, que huyeron de una turba de talibanes que se había congregado ante su casa para detenerlas, una noche del pasado julio. En un vídeo enviado a este diario, la mano de una mujer asoma apenas la cámara de un móvil por una ventana el tiempo justo para captar el tumulto de la calle. En otra grabación, la madre corre sin aliento escaleras arriba. Desde esa madrugada, cuando ambas escaparon saltando desde el tejado de su casa a una azotea cercana, esas dos afganas viven escondidas. Son fugitivas. Su delito fue haber montado una escuela clandestina para niñas en el sótano de su vivienda. Un crimen a ojos de los fundamentalistas que tomaron el poder en Afganistán el 15 de agosto de 2021.
Ariana relata su huida en inglés por WhatsApp. A sus 18 años, sorprende su madurez. Esta joven asegura que ha valido la pena esa huida por los tejados a cambio de haber mantenido durante meses su escuela, en la que ella y su madre, una antigua profesora, impartían clases de matemáticas, historia, inglés y lengua darí a una quincena de adolescentes, todas privadas de educación en Afganistán, ese país al que los fundamentalistas han convertido en el único del mundo donde se prohíbe estudiar a las niñas mayores de 12 años. Las alumnas llegaban a la casa con un único cuaderno y una excusa: debían decir que venían de visita.
Ariana tenía 13 años cuando fue expulsada de los bancos donde debía haber cursado secundaria. Fue en ese caluroso agosto de 2021 cuando los exguerrilleros le dieron el golpe de gracia al castillo de naipes que resultó ser la República de Afganistán. El régimen prooccidental se desmoronó al tiempo que los últimos soldados estadounidenses salían del país, 20 años después de haberlo invadido tras el 11-S.
Un lustro después del regreso de los talibanes, esta chica tiene que arriesgar su vida por lo que su progenitora define “no como un sueño personal, sino como un derecho humano fundamental”: la educación. “Mi madre siempre dice que guardar silencio significa aceptar la injusticia”, argumenta Ariana, antes de despedirse porque tiene “que impartir una clase de inglés” por internet, ese salvavidas gracias al cual muchas adolescentes de su país logran seguir estudiando.
“Lo que define estos cinco años de poder talibán”, subraya por teléfono desde Berlín Zubaida Akbar, directora para Afganistán de la ONG Femena, no es solo “la opresión, brutalidad, discriminación y eliminación total de la vida pública” de las mujeres. Este lustro en el que los talibanes han privado a las afganas de estudiar, trabajar en la mayoría de empleos, prácticamente salir a la calle sin un guardián o mahram —un pariente varón cercano—, e incluso de hablar en la calle o mirar por las ventanas, ha estado también marcado por “la resistencia de muchas mujeres y niñas”, de un total de más de 22 millones de afganas, la mitad de la población del país.
Ilustración que muestra a una mujer afgana consolando a una niña. AP Illustration / Annie Ng (AP Photo/AP Illustration / Annie)Cuando los talibanes llegaron al poder en 2021, las afganas habían dado pasos de gigante, si bien seguían sojuzgadas. La alfabetización femenina había pasado en 20 años del 17% a casi el 30% y las universitarias llegaban a 100.000, según Naciones Unidas.
La Constitución de 2004, anulada por los fundamentalistas, reservaba algo más del 27% de los escaños de la Cámara baja del Parlamento para mujeres, 69 de 249. El 21% de los funcionarios eran féminas y, en 2019, 4.500 afganas se habían unido a las Fuerzas Armadas. Un 8% de los jueces, 270, eran mujeres.
Hoy, las afganas solo pueden estudiar primaria. Tienen vetado trabajar en la Administración, las fuerzas de seguridad, los bancos, las ONG y Naciones Unidas. Ya no hay diputadas ni tampoco juezas, abogadas ni fiscales en ejercicio. Naciones Unidas calcula que 2,2 millones de niñas y jóvenes han quedado excluidas de la educación, una cifra a la que se suman cada año 250.000 niñas. Esa prohibición de estudiar “conjugada con la de trabajar” ha tenido como consecuencia una generación casi perdida: el 80% de las jóvenes entre 15 y 29 años ni estudian ni trabajan, lamentaba un informe de la ONU de 2025 de título elocuente: Las mujeres afganas resisten mientras las restricciones se endurecen.
Hasta junio, los talibanes habían aprobado 166 normas para arrebatar sus derechos a las mujeres y niñas, según un documento del Instituto Georgetown para las Mujeres, la Paz y la Seguridad de Estados Unidos. Desde mayo, es legal la violación de niñas so pretexto de un matrimonio infantil al que las niñas pueden ser obligadas a cualquier edad. También la violencia machista. Pegar a un camello puede acarrear cinco meses de cárcel; golpear a una mujer, 15 días de prisión y solo si hay fracturas o hematomas. La flagelación pública se practica profusamente. Las organizaciones humanitarias sospechan que puede haber un elevado número de feminicidios, vista la “total impunidad” que fomentan los exguerrilleros, deplora la trabajadora de Femena.
Una mujer cubierta con un burka esperaba en una distribución de comida de una ONG en Kabul, el 10 de mayo de 2022.Ebrahim Noroozi (AP)La vida de una afgana no vale ya nada. Cuando un terremoto sacudió el país en agosto de 2025, muchas mujeres y niñas murieron sepultadas bajo los escombros porque los rescatistas no podían tocarlas ni los sanitarios varones asistirlas. ONU Mujeres calculaba en su informe que las restricciones a la educación provocarían un aumento del 25% en los matrimonios infantiles, un incremento del 45% en los embarazos precoces y un alza de al menos el 50% en la mortalidad materna. Sobre todo porque, en 2024, los talibanes eliminaron la excepción que hasta entonces permitía a las afganas seguir estudiando medicina y enfermería para atender a otras mujeres, algo que los sanitarios varones tienen prohibido.
Sin que la comunidad internacional haya tomado medidas firmes contra ese “apartheid de género”, como lo define la misma ONU, y tras cinco años de poder talibán, este está ya asentado con ”un marco jurídico y administrativo integrado”, reza el análisis del Instituto Georgetown. La opresión de las afganas es una “política de Estado”, y no una cualquiera, sino la “que define al régimen talibán”.
Para Femena, lo que fue pasividad es ahora complicidad. El pasado 23 de junio, días antes de que los talibanes allanaran la casa de Amal y Ariana, otras puertas se abrieron ante ellos, esas sin violencia. Fueron las de la Unión Europea en Bruselas, donde representantes de la Comisión y de 15 gobiernos comunitarios, entre los que no se encontraba España, mantuvieron una reunión con una delegación de los fundamentalistas. Su objetivo era facilitar la expulsión de afganos (y de afganas) de la UE. Bruselas definió esa cita como “técnica”; los talibanes, como un reconocimiento tácito de su Gobierno. Dos días antes, se conoció que Alemania había cerrado un acuerdo con ellos para deportar a afganos sin asilo o permiso de estancia.
“La comunidad internacional siempre ha tenido un listón muy bajo para las afganas. Si no fuera así, los europeos no tendrían una representación diplomática en Afganistán, inútil cuando se trata de los derechos y la dignidad de las mujeres”, se indigna Zubaida Akbar. “La UE piensa que no pasa nada si las afganas llevan cinco años sin ir a la escuela. Total, los talibanes permiten que les den cursos de costura. Las afganas sueñan con ser astronautas y lo que el mundo les ofrece es enseñarles a confeccionar ropa o cocinar”, ironiza en alusión a los programas de formación para mujeres que la ONU y países occidentales mantienen en el país.
Mujeres afganas cosen en Kandahar, en el sur de Afganistán, en una pequeña empresa fundada por una mujer, el 4 de septiembre de 2024. QUDRATULLAH RAZWAN (EFE)“Solas”
Arzo Haqkhwa, el pseudónimo de una joven ilustradora, ha llegado a una conclusión: “Estamos solas”, sentencia por teléfono refiriéndose al olvido del mundo. Sus dibujos están llenos de cadenas, de jaulas, de mujeres que lloran lágrimas de sangre o tienen la boca cosida.
Con las puertas de la universidad y del trabajo cerradas; “sin salida”, describe, esta afgana sufrió un matrimonio forzado a los 17 años con un hombre “violento” que la encerró en su casa. Un día, ingirió 30 píldoras de un medicamento, pero su destino “era seguir viviendo”, relata. Arzo logró luego el divorcio, superó una gravísima depresión y empezó a dibujar. Desde que sus ilustraciones han adquirido notoriedad, está amenazada por los talibanes.
En Afganistán, no hay estadísticas sobre el suicidio, pero un informe de 2023 del relator especial de la ONU para el país, Richard Bennett, alertaba ya del aumento del número de afganas que deciden quitarse la vida. Sin posibilidad de recurrir a una muerte dulce y sin dolor, un número desconocido de mujeres recurren a matarratas, productos de limpieza, fertilizantes o a una cuerda para ahorcarse, alertan las ONG. Algunas hasta se beben el ácido de la batería de un coche.
“Todos los días”, asegura la directora para Afganistán de Femena, llega a esa organización información de mujeres que tratan de suicidarse. La cadena afgana Amu TV informó hace días de que una mujer de 25 años se había matado en prisión ingiriendo veneno. Había sido encarcelada por “evadir sus deberes conyugales”.
Cárcel
Amal, la madre de Ariana, sobrevivió a otra cárcel de los talibanes, donde pasó un mes por su activismo. A esta mujer y su hija, Francia les denegó un visado para solicitar protección internacional. A los talibanes que asistieron a la reunión de Bruselas, Europa sí se lo otorgó, aunque fuera por un solo día.
El pasado junio, antes de que los talibanes intentaran detenerlas a ella y a Ariana, participaron en las manifestaciones de la ciudad occidental de Herat, desatadas tras la detención de decenas de afganas por no llevar burka. Un fundamentalista encañonó con su arma a la adolescente. Ese día, los talibanes también mataron a tiros a un niño de 12 años.
En 2021, las mujeres salieron a las calles para manifestarse contra los talibanes. Muy pronto, los radicales aplastaron esas protestas, mientras el mundo miraba a otro lado y decenas de afganas fueron encarceladas y torturadas, denunció Amnistía Internacional.
También en Herat, en abril, grupos de adolescentes se habían fotografiado, tapándose la cara con sus libros, ante escuelas cerradas, para denunciar el veto a la educación femenina.
Desde 2021, las afganas han encontrado otra forma de resistir y al menos 10.000 mujeres han obtenido licencias para crear empresas, según un informe del International Crisis Group. Esos negocios, que operan muchas veces de forma semiclandestina y venden por internet, no son solo un medio de vida. Como las escuelas secretas, contribuyen a mantener viva la esperanza. Una encuesta puerta a puerta incluida en el informe citado de ONU Mujeres, indica que entre el 40% y el 50% de las afganas confía aún algo en el futuro.
Un grupo de niñas, en un aula de una escuela primaria, las únicas a las que pueden asistir desde agosto de 2021, el 12 de marzo de 2026. Valentina SinisLeila es el nombre supuesto de una de esas emprendedoras, cuyo testimonio transmitió a este diario Ravi Zan Media, un portal informativo fundado por cinco afganas en el exilio. Esta empresaria creó una librería en línea para mujeres. Vendía los volúmenes pero, sobre todo, animaba a las afganas a leer. Cuando ya contaba con 100.000 seguidores en Instagram, empezaron las amenazas. Después, llegó su detención: “Pasé cuatro días que jamás olvidaré en una cárcel sucia e inhumana, que parecía una película de terror. Allí las mujeres eran sometidas a gritos, humillaciones y amenazas”.
Los talibanes la amenazaron con matarla si no cerraba su negocio. Así lo hizo. Luego se marchó de su ciudad, pero teme aún por su vida. Uno de sus carceleros le propuso matrimonio y teme que la obligue a contraerlo.

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