Ilustración de una intervención de Martin Vettes, abogado de Salah Abdeslam, el pasado viernes en París.BENOIT PEYRUCQ (AFP)Francia sentenció este miércoles a penas de entre dos años de prisión y la cadena perpetua a los acusados por los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París y Saint-Denis. Salah Abdeslam, principal acusado y único superviviente de los comandos que asesinaron a 130 personas y dejaron centenares de heridos, fue condenado, como solicitó la Fiscalía a la reclusión perpetua irreductible, la pena máxima en el Código penal francés, y raramente aplicada desde que se introdujo en 1994.
Los jueces determinaron, tras 10 meses de juicio y dos días y medio de deliberaciones en un cuartel militar de localización secreta, que Abdeslam era coautor de asesinatos terroristas contra civiles y fuerzas de seguridad. El tribunal descartó que, al no estar presente él algunas de las escenas del crimen como la sala de fiestas Bataclan, no fuese responsable pleno de los atentados, y consideró que el conjunto de objetivos debía considerarse como una sola, y que hubo una sola escena del crimen.
La sentencia marca el punto final al mayor juicio antiterrorista en Francia de la historia. Se juzgaba el mayor atentado en una década en que el terrorismo islamista golpeó Francia. Duró 10 meses, todo un curso escolar, en una sala construida para la ocasión en el interior del Palacio de Justicia de París y con centenares de víctimas, abogados, periodistas, además de cinco magistrados y tres fiscales, 14 acusados en el banquillo (y seis juzgados en rebeldía), e incluso uno de los escritores franceses contemporáneos de mayor renombre, Emmanuel Carrère, que lo ha cubierto para L’Obs y EL PAÍS y lo convertirá en obra literaria en un libro titulado V13. Todo ha quedado filmado para la historia, igual que el juicio en otoño de 2020 por los atentados de enero de 2015 contra el semanario satírico Charlie Hebdo y el supermercado judío Hyper-Cacher, y que el juicio al nazi Klaus Barbie en 1987.
Para las víctimas, y para Francia, el juicio ha representado un momento terapéutico. Pero ha sido mucho más que eso. Ha permitido entender mejor la planificación y la ejecución de los atentados, y asomarse a las mentes de los terroristas y sus cómplices. También hablar y escuchar: si ha habido un protagonista colectivo de este proceso, han sido los supervivientes y los familiares de los asesinados en la sala de conciertos Bataclan, en las terrazas de los cafés del este de París y en los aledaños del estadio de Saint-Denis. Al testimoniar, algunos han avanzado en el proceso de duelo. Han aportado, a través de una multitud de perspectivas diferentes, información detallada sobre aquellas horas trágicas y sobre la experiencia del terrorismo y su efectos devastadores.
El macroproceso que terminó este miércoles se ha desarrollado con serenidad. No ha habido atentados en estos meses ni interferencias políticas externas. Dentro ha predominado el respeto. En su último ensayo, Jihadisme européen, el especialista en yihadismo Hugo Micheron contrasta el enfoque francés tras sufrir atentados traumáticos (y habría podido añadir, el español tras el 11-M) con la respuesta de Estados Unidos tras el 11-S, “que condujo al fiasco inextricable de Guantánamo”. Procesos como el de los atentados de 2015, en cambio, “permiten simbólicamente retomar la iniciativa después de que, con los atentados, los yihadistas marcasen el paso”. “Además de hacer justicia”, añade Micheron, “permiten, a través del proceso judicial, observar las palabras, las actitudes y las justificaciones de los acusados, y al mismo tiempo escuchar los relatos de las víctimas y, progresivamente, producir sentido y conocimiento en torno a estas calamidades”.
El otro protagonista ha sido el principal acusado presente, Abdeslam, de 32 años, francés nacido y criado en Bélgica, miembro del comando de los atentados (y hermano de uno de los kamikazes). El 13 de noviembre, en el último momento, después de llevar en coche a tres suicidas al estadio de Saint-Denis, no activó el chaleco de explosivos con el que iba a hacerse estallar y a provocar una matanza. Él sostuvo durante el juicio que renunció “por humanidad”; los jueces han concluido que, si no lo activó, fue porque falló la mecánica. Su argumento para defenderse, y el de sus abogados, ha sido que él no disparó a nadie y que en todo caso él no era un primera espada del Estado Islámico. Sus abogados le han descrito como un joven influenciable que canalizó su rebeldía e indignación por las injusticias del mundo (en concreto la guerra en Siria a partir de 2011) hacia el islamismo radical. Han alegado que, al estar muertos todos los miembros del comando que dispararon, se ha querido convertir a su cliente en un símbolo y darle un castigo ejemplar.
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Con el fin del macroproceso por los atentados de noviembre de 2015, se cierra un capítulo, pero no el libro. En otoño, otros dos procesos se ocuparán de los atentados islamistas de la década pasada. El 15 de septiembre se abrirá en París el juicio por el atentado del 14 de julio de 2016 en Niza, cuando un terrorista, al volante de un camión, mató a 86 personas en el paseo marítimo. Y el 10 de octubre se abrirá en Bruselas el juicio por los atentados del 22 de marzo del mismo año en el aeropuerto bruselense de Zaventem y en la estación de metro de Maelbeek, en los que murieron 32 personas. Varios de los condenados este miércoles en París, entre ellos Abdeslam, también se sentarán en el banquillo en Bruselas.
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