La población crece, ergo hay más hogares; pura y sencilla aritmética. Pero el diablo está en los detalles. Hace 35 años, en España residían 38,6 millones de personas y había unos 11,8 millones de hogares, según datos del INE. Hoy son cerca de 49,7 millones repartidos en 19,8 millones. Una dimensión se ha incrementado casi un 29% y la otra, un 68%. La segunda transición demográfica, teorizada en los ochenta por los sociólogos Ron Lesthaeghe y Dirk van de Kaa, está dibujando una constelación cada vez más numerosa de hogares cada vez más pequeños.
En las últimas tres décadas, las casas han perdido casi una persona de media, de 3,3 a algo menos de 2,5. La gran familia española no ha sobrevivido a los tardoequis ni a los millennials. En 1991, el 43% de los hogares estaban formados por cuatro miembros o más. Apenas una década después, se habían reducido a un tercio y este año no llegan a uno de cada cuatro. El trasvase al otro extremo de la estadística es evidente: los hogares unipersonales y bipersonales suponen ya el 57% del total, frente al 36% de hace 35 años. El número de personas que viven solas se ha más que triplicado desde entonces, hasta los 5,6 millones.
Hay más hogares y más pequeños, primero, porque vivimos más. El aumento de la longevidad y el desfase en la esperanza de vida entre sexos han agudizado la atomización. El porcentaje de núcleos compuestos por una sola persona mayor de 65 años se ha quintuplicado desde los noventa y en 2021, últimos datos disponibles en el INE, los encabezados por mujeres superaban con creces los de los hombres, llegando a triplicarlos en algún caso, en todas las franjas de edad. También tiene que ver, y mucho, el retroceso estrepitoso de la fecundidad desde mediados de los setenta. El modelo predominante de familia es el de dos progenitores y un hijo, y las que tienen tres vástagos o más son una especie en extinción. Hay más hogares en los que convive una pareja sin descendencia que hogares con un hijo y hogares con dos.
Para contar toda la historia de esta revolución, sin embargo, la demografía se queda corta. Los hogares se transforman porque también lo ha hecho la manera de planearlos, porque se vive y se configuran y disuelven familias de forma distinta. Las personas ya no salen del hogar familiar para casarse y tener hijos. Tampoco es frecuente que abuelos, padres y nietos compartan techo, incluso en el sur de Europa, donde estas estructuras tenían mayor arraigo cultural.
Las rupturas se aceleran
Las dinámicas de pareja tampoco responden ya por defecto —y por suerte— a la promesa clásica de “hasta que la muerte nos separe”. Cuando se acaba el amor o la convivencia armoniosa, no hay que esperar a la parca para ponerle punto y final. “Las rupturas son cada vez más habituales y dan lugar a hogares monoparentales cuando hay hijos o a hogares unipersonales con mucha mayor frecuencia”, cuenta Clara Cortina, demógrafa y profesora del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra. “De modo que también vivimos más solos o solos con hijos durante nuestra vida adulta”. Los divorciados o separados suponen hoy en torno al 8% de la población mayor de 16 años y los hogares monoparentales han ascendido hasta el 9,5% del total.
Los factores económicos se filtran, en diferentes magnitudes, por cada una de estas grietas. A veces juegan a favor de la atomización y otras en contra. Una situación económica adversa, por ejemplo, puede arrastrar a una pareja desecha a una cohabitación forzada. “No sabemos con certeza la dimensión de este fenómeno, pero sabemos que lo hay”, apunta Cortina. En épocas de vacas flacas no es extraño tener que emprender el camino de vuelta al hogar parental, normalmente ligado a una mayor estabilidad económica. “Eso tras la crisis financiera ocurrió en masa”, apunta Paloma Taltavull, catedrática de Economía Aplicada en la Universidad de Alicante y experta en el sector inmobiliario.
Tal vez uno de los efectos más claros se vea en las dinámicas emancipatorias. Sobre el papel, los jóvenes prolongan la estancia en casa de sus padres y se independizan alrededor de los 30 años, cuatro más tarde que a inicios de los noventa. El principal obstáculo, señala el Consejo de la Juventud de España, es el acceso a la vivienda en un momento en el que el alquiler medio es casi tan alto como su salario medio. Desde 2008, la tasa de emancipación juvenil se ha reducido del 26% al 14%. La fragmentación dispara la demanda inmobiliaria sobre una oferta escasa, con precios elevados, sueldos bajos y más dificultad para acceder a hipotecas, lo que a su vez influye en la creación y organización de los hogares. “En 15 años ha crecido la población, hemos tenido más inmigración, los jóvenes han crecido, han salido del hogar y no han encontrado casa. Han tenido que competir por las viviendas porque no ha habido una aportación suficiente de unidades al mercado”, dice Taltavull.
En las páginas de este mismo periódico, en una carta al director publicada a mediados de julio, una joven de 26 años contaba que nada la había acercado tanto a la posibilidad de tener un hogar propio como una pérdida familiar. Concretamente la de su abuela. “Hay algo que me cuesta aceptar sin sentir una mezcla de pudor y rabia: que una generación entera haya empezado a vincular la posibilidad de emanciparse, de tener un lugar donde vivir, no a su trabajo ni a su esfuerzo, sino a la muerte de quienes ama”, escribió. En los próximos años, cuenta Taltavull, entrarán en el circuito habitacional una cantidad considerable de casas y pisos principalmente de los baby boomers, una generación numerosa y propietaria. “Un 20% del total de transacciones de viviendas son viviendas que proceden de herencias”, señala la experta en referencia al último dato que maneja.
“La emancipación de los jóvenes yo creo que tiene un punto económico, pero también tiene un punto cultural”, comenta Mariona Lozano, socióloga e investigadora del Centro de Estudios Demográficos. “Tienen trayectorias laborales más precarias, los salarios no han subido al mismo ritmo que el alquiler, con lo cual tienen dificultades económicas obvias para emanciparse. Pero también es verdad que aquí no vemos como una cosa rara una persona de 25 años que vive con los padres”, añade. Para Cortina, que los jóvenes abandonen más tarde el hogar materno está más relacionado con la prolongación de las etapas formativas que con que no tengan a donde ir. “Tienen un peso indiscutible, y que sean adversas o favorables puede intensificar, acelerar o moderar tendencias”, cuenta la experta sobre la influencia de las condiciones económicas en el cambio de los hogares, “pero yo creo que son transformaciones mucho más profundas”.
Las casas españolas, por ejemplo, tienen cada vez menos niños. “Los factores económicos pueden afectar a las decisiones sobre la natalidad más a corto plazo. No tanto en el número de hijos total por mujer, sino en el timing [momento de tenerlos]”, expone Libertad González, doctora en Economía y profesora en la Universidad Pompeu Fabra. Lidia Cruces, también doctora en Economía e investigadora y docente en la Universidad Goethe de Frankfurt, coincide: “El aumento en el retraso de la edad a la que tienes el primer hijo, no todo, pero un gran porcentaje, responde a la economía, que te incentiva a tenerlo más tarde”, algo que puede acabar afectando a la fecundidad aunque sea por una cuestión biológica. Normalmente, las mujeres y sus parejas (o madres solteras) esperan a alcanzar cierta estabilidad y seguridad antes de tomar ciertas decisiones. Y no solo influye la situación en la que se encuentran, sino cómo la perciben y con qué grado de incertidumbre ven el futuro.
Pero para explicar un fenómeno como la caída de la fecundidad, en marcha desde hace décadas, hay que sumergirse en otras corrientes más abisales. Una muestra de ello es que las condiciones materiales de las mujeres en general han mejorado respecto a generaciones anteriores. También que no hay un rebote en la maternidad cuando la economía se recupera tras periodos de inestabilidad. “Que cayera la natalidad durante la crisis de 2008 tenía sentido, porque las mujeres tenían menos recursos. Y se esperaba que una vez la economía se recuperase lo hiciese también esa natalidad. Y no ha pasado”, explica Clara Santamaría, profesora de Economía en el Instituto de Estudios Políticos de París, más conocido como Science Po.
La tasa de fecundidad actual, de 1,1 hijos por mujer, es de las más bajas de Europa. A mediados de los sesenta se alcanzaron los 2,88 niños por madre, una cifra que descendió alrededor de una décima en los siguientes diez años. Entre 1975 y 1995, sin embargo, los indicadores se desplomaron. Se pasó de 2,77 a 1,16. Sería imposible desvincular este cambio de la liberación femenina, de la posibilidad —material y social— y la voluntad de elegir su destino procreativo. Sin esta reducción de la fecundidad, además, no se habría podido conquistar espacios profesionales, públicos y de influencia y poder. “La incorporación de la mujer al ámbito productivo y su salida del ámbito reproductivo en términos de exclusividad para mí explica que hayamos pasado de cinco o seis a dos hijos, pero no que hayamos pasado a uno”, apunta Cortina.
Edificios de viviendas en Barcelona. Maria Casinos (GETTY IMAGES)La maternidad y la paternidad son hoy un proyecto más ambicioso que décadas atrás. El coste absoluto, relativo y de oportunidad de traer descendencia al mundo ha crecido considerablemente en los países desarrollados; los padres se han implicado más en el proceso y las mujeres han intensificado su participación. “El interés de las familias o la prioridad por hacer un tipo de crianza tal vez más intensiva, en términos de recursos y tiempo, hace que se prioricen familias más pequeñas”, asegura Virginia Sánchez Marcos, catedrática de Fundamentos de Análisis Económico en la Universidad de Cantabria. Las mujeres pagan un peaje profesional y laboral más alto. A largo plazo, ellas pierden, según un informe del Banco de España de 2020, un 28% de sus ingresos. “Normalmente, lo que se ve en los datos es que si el hombre mejora su situación laboral o salarial, aumenta el número de hijos. Pero cuando ocurre con la mujer, decrece”, señala Santamaría. Las mujeres con ingresos altos, según la última encuesta de fecundidad del INE de 2018, tienen una media de hijos ligeramente mayor que las de la parte baja de la tabla. Sin embargo, las familias numerosas son algo más comunes entre estas últimas.
El rol de las mujeres en la sociedad cambió y con ello sus expectativas sobre la implicación de los padres. “La mujer entró de manera masiva al mercado laboral, pero el hombre no entró de manera masiva en la esfera de los cuidados. No hay una repartición equitativa de las tareas productivas y reproductivas, siguen siendo ellas las que mayormente llevan a cabo la doble jornada”, cuenta Lozano. El principal motivo de las mujeres de entre 40 y 44 años para no haber tenido hijos es la falta de pareja o de una pareja adecuada, así lo declaró al INE una de cada cinco, seguido de no desear la maternidad, cuestiones de salud (incluidas de fertilidad) y conciliación. “Las mujeres están más educadas y tienen más independencia económica. Eso hace que muchos de los divorcios que antes no sucedían ahora suceden. El emparejamiento también es distinto, las mujeres buscan hombres con quien compartir de manera igualitaria la vida y si no lo encuentran se quedan solteras”, añade la experta.
Los hogares son los primeros que sienten las sacudidas de la atomización. “De entrada, pierdes economías de escala en el consumo”, expone Guadalupe Souto, docente en el departamento de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona. “Dos personas viviendo en dos casas gastan muchísimo más que dos personas viviendo en una”, añade. Según las tablas de equivalencia de la OCDE, cada una de ellas podría alcanzar el mismo nivel de vida con un 25% menos de recursos al compartir techo. A medida que aumentan los miembros de un hogar, el gasto por persona cae. Un núcleo de dos adultos y un niño necesitaría la renta de 2,7 adultos, mientras que uno con tres adultos y dos niños requeriría la de 2,6. Los gastos fijos se comparten y las compras son más eficientes. “En términos relativos, si comparas dos hogares con las mismas características excepto el número de miembros, claramente vivir en un hogar pequeño es más caro”.
Los hogares con un solo adulto al frente, además, son más vulnerables a las disrupciones o shocks económicos. “Si solamente tienes una persona que ingresa recursos para mantener la vida de familia, eso supone más riesgo”, apunta Olga Cantó, catedrática de Análisis Económico Universidad de Alcalá. Las casas monoparentales, que no paran de crecer y que en su grandísima mayoría son sostenidas por mujeres, pueden ser un ejemplo de la relación entre tamaño y el incremento de la debilidad. Las familias con una madre e hijos están más expuestas a la pobreza o la exclusión social, con una tasa del 50,8% frente al 27% de los núcleos con dos progenitores.
En el ámbito macroeconómico, este fenómeno está abriendo grietas que amenazan con resquebrajar el Estado de bienestar. Es muy probable que lo primero que le haya venido a la mente al leer estas líneas sea el sistema de pensiones. No se equivoca. Hasta el momento los flujos migratorios han contribuido a suavizar el impacto de la caída de la natalidad en la población activa. “Por ahora vamos bien, pero hay propuestas políticas que pretenden lo contrario”, apunta Cantó. “Asimismo, tenemos que tener en cuenta que la natalidad está cayendo en todos los países, cayendo en todos los países, también en aquellos de los que proceden los inmigrantes”, dice Sánchez.
Una vejez más cara
El debate en torno a las pensiones es acalorado y algunas de las medidas más mencionadas también son las que más oposición encuentran en la sociedad. Ocho de cada diez personas, de acuerdo con un informe de Funcas de finales del año pasado, por ejemplo, rechaza retrasar la edad de jubilación hasta los 70 años. “El sistema probablemente necesitará reformas puntuales para mantenerse, pero creo que hay que diferenciar muy bien las que tienen que ver con intereses de acumulación de capitales”, advierte Cantó sobre las propuestas que apuntan a la privatización. “Puede ser perfectamente que tengamos que reformarlo, incluso profundamente, pero el gran gasto no va a estar en el sistema de pensiones. El gran gasto va a estar en el sistema sanitario y de dependencia”, sentencia.
La necesidad de cuidados informales —los que recaen sobre el entorno, principalmente mujeres— crece por una población más longeva, mientras las redes de apoyo familiar se hacen cada vez más pequeñas y se dispersan físicamente. Esta tendencia no parece que se vaya a revertir y el Estado tendrá que intervenir más y de manera más directa en este ámbito. “La efectividad práctica de leyes de dependencia, hasta día de hoy, es lentísima y en algunas comunidades autónomas no llega nunca. Eso va a ser una necesidad acuciante en los próximos 10 o 15 años”, sostiene Cantó. “Que la gente viva más y tenga menos niños no es un problema, es una nueva característica de nuestra sociedad. Y lo que tenemos que hacer es adaptar nuestras estructuras sociales a las nuevas características”, dice Souto. Probablemente, lo más peliagudo será, una vez más, cómo pagarlo.

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