Si nadie lo remedia, España volverá de las vacaciones con una huelga médica indefinida. Sería fácil interpretar el conflicto como otro capítulo en la larga discusión sobre salarios, plantillas o financiación. Y, sin duda, esos debates importan. Pero quizá la huelga sea otra cosa. Quizá sea el síntoma visible de un problema mucho más profundo: el de unos sistemas sanitarios que fueron extraordinariamente eficaces para resolver los problemas del siglo XX y que hoy intentan responder, con la misma organización, a los desafíos del siglo XXI.
Curiosamente, nunca habíamos contado con mejores herramientas para cuidar la salud: la inteligencia artificial empieza a ayudar en el diagnóstico. La monitorización remota permite seguir a pacientes desde sus hogares. La medicina personalizada promete tratamientos adaptados a cada individuo. La revolución biotecnológica avanza a un ritmo difícil de imaginar hace apenas una década. Y, sin embargo, los sistemas sanitarios están sometidos a una presión creciente.
Existe una tendencia muy humana a pensar que las grandes transformaciones llegarán gracias a la siguiente tecnología. La historia suele contar otra cosa. La electricidad no revolucionó la industria el día que llegó a las fábricas, sino cuando estas dejaron de organizarse alrededor de las viejas máquinas de vapor. Los ordenadores no transformaron las empresas porque sustituyeran el papel, sino porque cambiaron la manera de trabajar. La tecnología importa. Pero casi nunca hace la revolución por sí sola. La sanidad probablemente tampoco será una excepción.
La cuestión no es qué tecnología incorporaremos durante la próxima década. La pregunta relevante es: ¿cómo debemos reorganizar nuestros sistemas sanitarios para un mundo que ha cambiado profundamente?
Durante décadas construimos sistemas extraordinariamente eficaces para tratar episodios agudos. El paciente enfermaba, acudía al hospital, recibía tratamiento y volvía a casa. Era un modelo brillante para la sociedad que existía entonces y acabó cambiando las reglas del juego. Vivimos mucho más. Y esa es, probablemente, una de las mayores conquistas de nuestra sociedad. Pero vivir más significa convivir durante años con enfermedades crónicas. El principal desafío ya no consiste únicamente en curar sino en acompañar en su gestión y, sobre todo en prevenir.
Al mismo tiempo, aumentan las tensiones sobre las finanzas públicas. El envejecimiento, los elevados niveles de deuda y las nuevas prioridades presupuestarias de la geopolítica —encareciendo la energía y aumentando el gasto en defensa— reducen el margen para responder simplemente destinando más dinero a esta partida. Según AiReF, el envejecimiento elevará el gasto público en sanidad del 6,6% en 2023 al 8% en 2050, sumado a un incremento aun mayor en pensiones y dependencia. La sostenibilidad del sistema dependerá cada vez más de nuestra capacidad para generar más salud con los mismos recursos.
Además, la pandemia primero y las tensiones geopolíticas después nos han recordado que la salud también forma parte de la seguridad económica de un país. Las cadenas de suministro, la producción de medicamentos, la autonomía tecnológica o la disponibilidad de profesionales sanitarios son hoy cuestiones estratégicas.
Pero quizá el cambio más importante es el que, paradójicamente, solemos pasar por alto: ha cambiado la sociedad.
Durante décadas organizamos la sanidad pensando en pacientes que acudían al sistema cuando enfermaban y aceptaban, con mayor o menor resignación, la forma en que este estaba organizado. Esa realidad ha cambiado.
Nunca habíamos tenido una población tan informada y tan dispuesta a participar en el cuidado de su propia salud. Millones de personas monitorizan su actividad física, su sueño, su glucosa o su frecuencia cardíaca desde un reloj que llevan en la muñeca. Cada vez aceptamos con mayor naturalidad consultas virtuales, seguimiento remoto o herramientas digitales para gestionar enfermedades crónicas. Y, quizá lo más importante, existe una conciencia creciente de que buena parte de nuestra salud depende de decisiones que tomamos mucho antes de entrar en un hospital.
Durante décadas quisimos acercar la tecnología al paciente. Hoy podemos acercar la sanidad a las personas. La diferencia parece sutil. No lo es, porque obliga a replantear casi todas las preguntas importantes.
Si podemos identificar antes a quienes presentan mayor riesgo, ¿por qué seguimos esperando a que desarrollen la enfermedad? Si una parte creciente del seguimiento puede hacerse desde casa, ¿por qué seguimos organizando la atención alrededor del hospital? Si los ciudadanos quieren asumir un papel más activo, ¿por qué seguimos diseñando procesos que los convierten en espectadores?
La prevención ha ocupado durante años un lugar casi retórico en los discursos sanitarios. Todos afirmaban que era importante. Muy pocos sistemas se organizaron realmente para hacerla posible.
Quizá ahora sí podamos hacerlo. Esta es probablemente la mayor oportunidad que tiene la sanidad. Por primera vez coinciden dos circunstancias excepcionales: disponemos de tecnologías capaces de acompañar a las personas mucho más allá del hospital y contamos con ciudadanos mucho más preparados para participar activamente en el cuidado de su salud.
Esa es la combinación verdaderamente revolucionaria. Pero exige cambiar incentivos, modificar procesos, experimentar, medir resultados y aceptar que muchas soluciones no funcionarán a la primera. Requiere desplazar el foco hacia la prevención, desde el episodio agudo hacia la gestión longitudinal de la salud, desde el hospital hacia el domicilio, desde la atención fragmentada a una atención integrada. La innovación organizativa requiere experimentar, medir, corregir y escalar aquello que funciona. Es un trabajo mucho menos vistoso que presentar un algoritmo de inteligencia artificial. También es bastante más difícil. Pero probablemente sea ahí donde se decidirá el futuro de la sanidad.
Durante años hemos discutido cuánto debemos gastar para sostener nuestros sistemas sanitarios. Seguiremos haciéndolo, y con razón. Sin embargo, sospecho que la pregunta decisiva de la próxima década será otra. Será cómo reorganizar la sanidad para aprovechar la inteligencia artificial, los datos y, sobre todo, dar respuesta las nuevas necesidades de la población.
Esta es precisamente nuestra gran oportunidad: reorganizando nuestros sistemas alrededor de esta nueva realidad podemos construir una sanidad más preventiva y más sostenible. Nadie como Europa está tan preparado para hacerlo.

hace 5 dias
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