La pista me la dio Leila Guerriero en una columna de domingo. Y a falta de propuestas, en estas largas noches de verano, me senté a ver la miniserie DTF St. Louis en HBO Max. Me senté y no paré hasta acabarla, siendo yo reacia a los atracones de ficción que se pega el personal, gracias a esa sensación de estar viendo algo que incomoda, que agrieta, y que al mismo tiempo necesitas. La última vez que me pasó algo parecido fue con La mesías.
Porque DTF (Down to fuck, traducido como donde todos follan) es verte por un agujero y en un espejo, las estrías y las alas de mariposa en los brazos, lo que aún resiste al paso del tiempo. Es reconocerte en los deseos y en las perversiones, que no son las mismas de los protagonistas, pero que son otras. Esa cosa que nunca dirás en voz alta y sin embargo resuena en tu oído de vez en cuando. Una puerta que estás deseando abrir, pero a la que ni siquiera te acercas. Por si acaso. Y los miedos. A estar solo, a no haber hecho y a lo que has hecho que pase.
El trabajo de los actores Jason Bateman —que también es productor ejecutivo de la serie— y David Harbour, que interpretan al hombre del tiempo en la televisión local y a un intérprete de lengua de signos respectivamente, hace que nuestras vidas se pongan durante un rato un poco patas arriba. Aunque esté tan lejos ese Estados Unidos de la periferia y de los suburbios, de casas con columpios, moquetas y deudas. Vidas y rutinas a las que no parece pasarles nada. Soledades en compañía, que quizá es la peor de las fórmulas. Gente con cotidianeidades hipotensas que esconden el drama y la angustia, las ganas de que alguien o algo sacuda su existencia, de ser vistos de otra manera. El otro pilar de la historia, Linda Cardellini, se come la pantalla en cada escena, con ese personaje sexy, turbio, frío y desgraciado a la vez.
Tiene la serie esa cosa maravillosa de la ficción en la que la trama te va dando miguitas en cada uno de los siete capítulos. Los dos inspectores de policía, el veterano y la más joven, lista como el hambre que deberá desprejuiciar al señor, algo revenido al principio, cómplice al final. Hay un cadáver, sexo y abrazos, ternura y frialdad en los afectos, decepciones y lágrimas de alegría. La vida en siete capítulos.

hace 1 dia
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