Un cuarto de siglo de espera, de frustraciones, de sequía olímpica para el judo español acabó en una carpa de nombre pomposo y exteriores embarrados llamada Campo de Marte, situada al lado de la torre Eiffel. Bronce para Fran Garrigós (-60 kilos), alias Pinchito. O Pinchi. Así lo conocen de toda la vida, por sus pelos para arriba, en el gimnasio de Brunete, a 40 kilómetros de Madrid, donde se ha ido esculpiendo este campeón del mundo en 2023 y de Europa este año. Allí lamió sus heridas tras la decepción de Tokio, donde cayó en primera ronda. “He conseguido uno de mis sueños de pequeño. No es del color que me gustaría, pero hay que estar contento por conseguir una medalla”, confesó casi a la carrera saliendo del pabellón.
Aparecía en todas las quinielas de metal y él aspiraba al oro. Se veía para eso y lo confesó con el bronce al cuello. Pero falló, como así lo reconoció, en las semifinales contra el kazajo Yeldos Smetov, y quedó relegado a la lucha por el bronce con el georgiano Giorgi Sardalashvili. Este sábado, su entrenador, el druida Quino Ruiz, le pidió que, por favor, no se dejara ir y se lanzara a por la medalla. “Él era muy dado a tirar los bronces. Quiere ser el campeón y, cuando se quedaba sin esa opción, tiraba bronce. Yo me he cabreado mucho con él. Pero esto es una medalla olímpica. Ni se te ocurra, te corto las pelotas”, recordó su técnico, feliz, aliviado y orgulloso, que le dijo antes del último asalto.
“Es verdad”, admitió él. “Soy muy competitivo, siempre me gusta ganar y una vez que he perdido el camino del oro, la tiraba. Tuve una racha de muchos quintos puestos. Yo también he pensado que llevábamos mucho tiempo en el pabellón para volvernos a la Villa sin nada”, contó este judoca con fama de duro, constante y concienzudo. “Un cabezón”, como ha reconocido alguna vez.
En la media hora entre la derrota entre semifinales y el bronce, tuvo cerca a su psicólogo (Pablo del Río), con quien habló, y a su novia. Le dio vueltas a cómo se le había podido escapar la final. Pero, esta vez, no se dejó ir y agarró la primera medalla para España en estos Juegos, que también sirvió para sacar al judo del desierto. Desde el bronce de Isabel Fernández en Sídney 2000, este deporte andaba seco y melancólico en el cónclave olímpico. Se la llevó Pinchito, aunque una sorprendente Laura Martínez (-48) también bordeó la gloria. Ascendió hasta las semifinales, pero se quedó sin oxígeno para el último mil.
Las dudas tras Tokio
Ahora Garrigós se marchará tres semanas con su pareja a Tailandia de vacaciones, donde quizá se apunten a algún curso de cocina. Y luego a Alicante, también a la playa. “Es un tío súper tranquilo, lo lleva todo por dentro”, lo definió su novia, Ana Pérez Box, también judoca. Un regreso mucho más feliz que el de hace tres años tras Tokio, un mal trago que no le resultó tan sencillo de expulsar. Le pudo la presión. Sobre todo eso ha estado escarbando durante este ciclo con su psicólogo. Semana a semana, ha ido trabajando en centrarse en el rendimiento y olvidarse del resultado. “He salido sin presión y pensando solo en lo que dependía de mí”, comentó en rueda de prensa.
El revés de Japón le hizo ponerlo todo tan en duda en su cabeza que abandonó el judo durante dos meses. Y, cuando regresó al gimnasio de Brunete, tampoco quería esforzarse al 100%. Hasta que al cabo de medio año se apuntó a un Gran Prix en Portugal a ver qué pasaba. No le fue bien, pero eso precisamente le sirvió para darse cuenta de que quería seguir ganando, que quería ir a París. En ese tiempo de barbecho, aprovechó para acabar la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. Le quedaba un año y medio, y lo acortó a uno. Luego se apuntó a un máster en Dirección y Gestión de Entidades Deportivas.
El judo le costó dinero hasta hace cinco años
Serio sobre el tatami, también lo es fuera. Nadie lo vio dar saltos ni piruetas en los pasillos del Campo de Marte. Fue una alegría tan evidente como contenida. Fuera se encontraban su madre Manoli, su padre Paco y su hermana Laura. En diciembre cumplirá 30 años y ya tiene alguna idea de qué podría hacer en el futuro. Seleccionador o, incluso, presidente de la federación española de judo. Sobre eso tiene varias ideas para encontrar una mejor financiación porque él ha venido desde abajo. A él el judo le costó dinero hasta hace cuatro o cinco años. Hasta entonces, alguna competición sí se la tenía que pagar. Lo conseguía con becas, por sus padres y gracias a su club. Los viajes a entrenar a Japón, de donde este sábado le ha llegado algún reproche por su maniobra de estrangulamiento en la victoria en cuartos contra el nipón Ryuju Nagayama, son bastante costosos.
Campeón del mundo en 2023, su carrera creció tanto que apareció en los mejores pronósticos de París. Persiguió el oro y se colgó el bronce. Un metal que acabó con una sequía muy larga para su deporte.
Puedes seguir a EL PAÍS Deportes en Facebook y X, o apuntarte aquí para recibir la newsletter diaria de los Juegos Olímpicos de París.

hace 1 año
63








Spanish